Durante años hemos explicado la gentrificación como un problema de mercado:
– especulación
– fondos
– inversores
– alquileres
Pero esta narrativa deja fuera una cuestión clave:
¿Por qué algunos barrios se gentrifican y otros no?
El término 𝘨𝘦𝘯𝘵𝘳𝘪𝘧𝘪𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 fue acuñado en 1964 por la socióloga Ruth Glass para describir cómo barrios obreros de Londres eran ocupados por clases medias y altas (𝘨𝘦𝘯𝘵𝘳𝘺, burgués), acompañados de mejora urbana, subida de precios y cambio social.
Con el tiempo, el término se volvió despectivo porque se asoció a desplazamiento, desigualdad y conflicto.
Pero en este marco, hay algo que no encaja.
𝗦𝗶 𝗲𝗹 𝗰𝗮𝗽𝗶𝘁𝗮𝗹 𝗳𝘂𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮𝘂𝘀𝗮 𝗽𝗿𝗶𝗻𝗰𝗶𝗽𝗮𝗹, 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗰𝗲𝘀𝗼 𝘀𝗲𝗿í𝗮 𝗺á𝘀 𝗮𝗹𝗲𝗮𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
Pero 𝗻𝗼 𝗹𝗼 𝗲𝘀.
Siempre aparecen los mismos patrones.
Barrios con:
– buena conectividad
– proximidad a centralidades
– red urbana continua
– potencial de actividad económica
No es casualidad.
La investigación en Sintaxis Espacial lleva décadas mostrando que la estructura de la red urbana condiciona el movimiento natural, la localización de la actividad y, finalmente, la inversión.
Cuando una red es difusa y poco conectada, la demanda se concentra en pocos lugares.
Y esos lugares acaban recibiendo toda la presión.
Entonces ocurre el ciclo conocido:
1. Llega la inversión.
2. Mejora el entorno.
3. Suben los precios.
4. Aparece el conflicto social.
Pero el problema no empieza con la inversión.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando la ciudad solo ofrece unos pocos lugares realmente deseables.
Porque la escasez no es solo de suelo.
Es de buenos barrios estructurales.
Y cuanto más escasos son, más presión concentran.
La gentrificación es, en gran parte, un síntoma de falta de elasticidad urbana.
Cuando la ciudad no puede generar nuevas centralidades, el valor se concentra.
Cuando puede hacerlo, el valor se distribuye.
Esto no elimina las tensiones, pero las reduce.
Por eso la respuesta no puede ser solo regulatoria o reactiva.
La verdadera solución es estructural.
Crear más lugares donde la gente quiera vivir, trabajar y moverse.
Diseñar redes urbanas más conectadas.
Permitir adaptación.
Aumentar la capacidad de respuesta.
Y aquí aparecen otran preguntas que casi nunca nos hacemos:
¿Por qué no somos capaces de crear nuevos barrios atractivos?
¿Por qué cuesta tanto generar nuevas centralidades urbanas?
Quizá el debate sobre gentrificación no deba centrarse solo en quién llega.
Sino en por qué la ciudad no puede absorber el cambio.
¿Y si la gentrificación fuera, sobre todo, un problema de estructura urbana?


