Hoy, demasiadas veces, hablamos de la ciudad como si fuera 𝘂𝗻 𝗲𝗿𝗿𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗰𝗼𝗿𝗿𝗲𝗴𝗶𝗿.
El tráfico, la contaminación, el ruido, la inseguridad, la falta de vivienda… todo parece señalarla como culpable.
Pero si lo pensamos bien, 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗻𝗼 𝗲𝘀𝘁á 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗲𝗻 𝘀í, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗰ó𝗺𝗼 𝗹𝗮 𝗵𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗱𝗶𝘀𝗲ñ𝗮𝗱𝗼.
Un barrio con calles rotas, sin mezcla de usos e inseguro genera frustración y dependencia.
𝗟𝗮 𝗿𝗲𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 —como podría ser diseñar calles bien constituidas, con fachadas activas, bien conectadas y con diversidad de usos— 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗹𝗮 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗿𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 para el bien de todos.
El 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗴𝗿𝗮𝗻𝗱𝗲 es que llevamos décadas planificando con la 𝗶𝗻𝗲𝗿𝗰𝗶𝗮 𝗲𝗾𝘂𝗶𝘃𝗼𝗰𝗮𝗱𝗮: ciudades dispersas, aisladas, anulación consciente de la calle y dependientes del coche.
Ese modelo ya no da respuesta a los 𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝘆: desaprovechamiento de suelo, falta de vivienda, pérdida de vitalidad urbana.
La 𝘀𝗼𝗹𝘂𝗰𝗶ó𝗻 𝗴𝗿𝗮𝗻𝗱𝗲 pasa por 𝗰𝗮𝗺𝗯𝗶𝗮𝗿 𝗲𝗹 𝗲𝗻𝗳𝗼𝗾𝘂𝗲:
No se trata de ver a la ciudad como un obstáculo, sino de reconocer su 𝗽𝗼𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗶𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 𝘆 𝗲𝗰𝗼𝗻ó𝗺𝗶𝗰𝗮.
Con herramientas como el 𝗮𝗻á𝗹𝗶𝘀𝗶𝘀 𝗱𝗲 𝗱𝗮𝘁𝗼𝘀 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼𝘀 y la 𝗰𝗮𝗿𝗮𝗰𝘁𝗲𝗿𝗶𝘇𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀, podemos detectar dónde la red urbana falla y cómo reactivarla.
Podemos 𝗱𝗶𝘀𝗲ñ𝗮𝗿 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗲𝗻 𝘃𝗶𝗱𝗮, 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗲𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀, 𝗾𝘂𝗲 𝗳𝗼𝗿𝘁𝗮𝗹𝗲𝘇𝗰𝗮𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼𝘀 … y sobre todo, que 𝗽𝗲𝗿𝗺𝗶𝘁𝗮𝗻 𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗿𝗿𝗼𝗹𝗹𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝗹 𝘆 𝗽𝗿𝗼𝗳𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲.
Al final, de eso se trata:
𝗵𝗮𝗰𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝘀𝗲𝗮 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘀𝗼𝗹𝘂𝗰𝗶ó𝗻, 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮.


