Hay un patrón que se repite en muchas ciudades.
Cuando hay presupuesto, los proyectos van al centro.
Porque es visible.
Porque es políticamente rentable.
Porque “funciona”.
Mientras tanto, barrios enteros en la periferia, con graves problemas sociales y económicos, apenas reciben transformaciones reales.
Se hacen actuaciones puntuales:
– un parque
– una plaza
– un equipamiento
– un lavado de cara.
Pero la vida urbana no cambia.
¿𝗣𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́?
Porque el problema no es solo social o económico.
𝗘𝘀 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹.
Muchos de estos barrios tienen una red de calles fragmentada, poco conectada y con baja inteligibilidad.
Eso significa:
– poco movimiento natural
– escasa actividad económica
– baja seguridad percibida
– débil demanda residencial.
Y, sobre todo, 𝗯𝗮𝗷𝗮 𝗰𝗮𝗽𝗮𝗰𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗮𝘁𝗿𝗮𝗲𝗿 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻.
El error es pensar que basta con embellecer o “naturalizar” el espacio público.
𝗦𝗶 𝗹𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 𝗻𝗼 𝗰𝗮𝗺𝗯𝗶𝗮, 𝗲𝗹 𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲𝗺𝗮 𝘁𝗮𝗺𝗽𝗼𝗰𝗼.
𝗡𝗼 𝗯𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗲𝗺𝗯𝗲𝗹𝗹𝗲𝗰𝗲𝗿.
𝗛𝗮𝘆 𝗾𝘂𝗲 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗴𝘂𝗿𝗮𝗿 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱.
Eso implica intervenir en:
– conexiones con el resto de la ciudad
– continuidad de la trama
– jerarquía de calles
– accesibilidad peatonal y funcional
– fachadas activas y accesos directos.
Es más complejo, sí.
Pero también es mucho más transformador.
Cuando la red mejora:
– aparece el movimiento
– llega la actividad
– aumenta la seguridad
– surge el valor.
Y entonces sí, la inversión empieza a tener efecto.
𝗟𝗮 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱𝗲𝗿𝗮 𝗿𝗲𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 𝗻𝗼 𝗲𝗺𝗽𝗶𝗲𝘇𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝘀𝗲𝗻̃𝗼 𝗲𝘀𝘁𝗲́𝘁𝗶𝗰𝗼.
𝗘𝗺𝗽𝗶𝗲𝘇𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮.
¿𝗤𝘂𝗲́ 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗱𝗶𝘀𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗼𝘀 𝗮 𝗰𝗮𝗺𝗯𝗶𝗮𝗿 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘀 𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗮𝗻 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗿?
Seguir invirtiendo solo en los lugares que ya funcionan es cómodo, cortoplacista y políticamente rentable.
Pero no transforma la ciudad.


