Ayer le estuve dando vueltas a por qué Le Corbusier era buen arquitecto pero mal urbanista.
Y esto es lo que reflexioné.
𝗘𝗻 𝗮𝗿𝗾𝘂𝗶𝘁𝗲𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮, 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗱𝗶𝘀𝗲ñ𝗼 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗲 𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗿 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗼𝗯𝗷𝗲𝘁𝗼𝘀. 𝗣𝗲𝗿𝗼.. ¿ 𝗰ó𝗺𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼?
Volúmenes, fachadas, proporciones, materialidad. El edificio como escultura habitable. Como pieza única.
Este enfoque tiene todo el sentido… cuando se trata de diseñar un edificio.
Ahora bien, cuando usamos esa misma lógica para pensar en la ciudad algo empieza a fallar.
De repente las calles quedan desatendidas o son laberínticas.
Los accesos se esconden.
Los espacios públicos se sobredimensionan y se llenan de obstáculos, cambios de nivel y grandes vacíos estériles.
Los edificios se convierten en islas.
La ciudad empieza a parecer un collage de edificios bellos, espectaculares… pero desconectada.
Y ahí es cuando surgen preguntas incómodas:
¿Por qué nadie camina por ciertas zonas donde en la infografía sí caminaban?
¿Por qué algunos barrios nuevos parecen museos sin visitantes?
¿Por qué no podemos solucionar el problema de los barrios segregados?
¿Por qué no hay comercio activo en los locales de los edificios?
La respuesta la encontramos cuando dejamos de mirar los objetos… y empezamos a mirar las relaciones entre ellos, cuando ponemos el foco en el espacio urbano.
El patrón de calles,, la continuidad visual, la profundidad de acceso, la mezcla de usos, el movimiento natural.
La ciudad, funciona más como un sistema que como una colección de edificios.
Una ciudad viva se construye a base de conexiones.
De calles que invitan a pasear, de ojos sobre el espacio público, de diversidad de usos que se entrelazan en la cotidianidad.
La ciudad debe diseñarse a la escala del cuerpo humano, del caminar y del encuentro.
Un edificio puede ser hermoso en plano pero alienante desde la acera.
Y que si no hay vida entre los edificios, no hay ciudad que valga.
Quizás debamos hacernos esta pregunta con más frecuencia:
¿Diseñar un edificio y diseñar una ciudad requieren las mismas ideas?
Ya sabes mi respuesta: no. Porque lo que da vida (y muerte) a una ciudad es lo que sucede en el espacio urbano que limitan los edificios.


