Poco se habla de cómo los modelos «verdes» pueden producir segregación urbana

𝗩𝗮𝘆𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗮𝗹 𝗼𝗿𝗶𝗴𝗲𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗺𝗼𝗱𝗲𝗹𝗼𝘀 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗲𝘀: 𝗹𝗮 𝗖𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗝𝗮𝗿𝗱í𝗻.

La Ciudad Jardín no es solo una idea urbanística: es una 𝗿𝗲𝘀𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗶𝗱𝗲𝗼𝗹ó𝗴𝗶𝗰𝗮, 𝗺𝗼𝗿𝗮𝗹 𝘆 𝗲𝗺𝗼𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 a los efectos de la Revolución Industrial.

A finales del siglo XIX, ciudades como Londres, Mánchester o Glasgow estaban hacinadas, contaminadas, desordenadas y enfermas.

El crecimiento había sido muy rápido, brutal, caótico, sin servicios ni una mínima planificación.

Y entonces llegó la reacción: se empezó a planear con 𝗺𝗶𝗲𝗱𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.

Ebenezer Howard y otros reformadores sociales no solo quisieron mejorar la ciudad.

𝗤𝘂𝗶𝘀𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗲𝗺𝗽𝗹𝗮𝘇𝗮𝗿𝗹𝗮.

Howard propuso un modelo alternativo: la Ciudad Jardín.
Una ciudad verde, controlada, extremadamente planificada, autosuficiente, con baja densidad y separación de funciones.

Un intento de «rescatar» al individuo del «caos» urbano.

El problema es que esa lógica 𝗮ú𝗻 𝘀𝗶𝗴𝘂𝗲 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝘁𝗲.

Se sigue idealizando el orden, la limpieza, la naturaleza, la baja densidad, la separación de usos, o peor aún, un único uso…

Y se sigue desconfiando de la 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗿𝗲𝗮𝗹: compleja, densa, vibrante, exponencial.

Pero este 𝘀. 𝗫𝗫𝗜 nos ofrece otra mirada:
– Nos ayuda a 𝗹𝗲𝗲𝗿 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗿𝗲𝗱, no como superficie.
– Tenemos herramientas para 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗿𝗼𝗯𝗮𝗿 𝗰𝗼𝗻 𝗱𝗮𝘁𝗼𝘀 que las calles 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗴𝗿𝗮𝗱𝗮𝘀, 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗮𝘀 𝘆 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗮 sostienen mejor la vitalidad urbana que los modelos utópicos.

Y sobre todo, que el modelo de Ciudad Jardín 𝗻𝗼 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗳í𝗼𝘀 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼𝘀 𝗮𝗰𝘁𝘂𝗮𝗹𝗲𝘀:
– No resuelve la 𝗰𝗿𝗶𝘀𝗶𝘀 𝗱𝗲 𝗮𝗰𝗰𝗲𝘀𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗲𝗻𝗱𝗮
– Agrava la 𝗲𝘀𝗰𝗮𝘀𝗲𝘇 𝗱𝗲 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼 bajando la ocupación y las densidades.
– Fomenta una 𝘀𝗲𝗴𝗿𝗲𝗴𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 𝘆 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹, por muy premium que sea, que fragmenta la vida urbana
– Y multiplica la 𝗱𝗲𝗽𝗲𝗻𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗰𝗵𝗲

Hoy, más que nunca, 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝘃𝗶𝘃𝗮𝘀, no más jardines aislados.

Es hora de planear desde 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱.