A lo largo del siglo XX muchos modelos urbanísticos buscaron crear una 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗮 «𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱» partiendo de su 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗻𝗲𝗴𝗮𝗰𝗶ó𝗻.
𝗟𝗮 𝗖𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗝𝗮𝗿𝗱í𝗻, propuesta por Ebenezer Howard, no solo aspiraba a mejorar la ciudad industrial: pretendía 𝘀𝘂𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗶𝗿𝗹𝗮 por una 𝘂𝘁𝗼𝗽í𝗮 «verde», autosuficiente y ordenada. Un modelo cerrado, de baja densidad y funciones separadas.
Frente a esta visión, 𝗝𝗮𝗻𝗲 𝗝𝗮𝗰𝗼𝗯𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗽𝘂𝘀𝗼 𝗼𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮: observar la ciudad existente, leerla con atención y confiar en sus propios mecanismos.
Su obra 𝙏𝙝𝙚 𝘿𝙚𝙖𝙩𝙝 𝙖𝙣𝙙 𝙇𝙞𝙛𝙚 𝙤𝙛 𝙂𝙧𝙚𝙖𝙩 𝘼𝙢𝙚𝙧𝙞𝙘𝙖𝙣 𝘾𝙞𝙩𝙞𝙚𝙨 (1961) fue una crítica radical al urbanismo modernista y sus derivaciones tecnocráticas.
Allí argumenta que los 𝗺𝗼𝗱𝗲𝗹𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗶𝗺𝗶𝘁𝗮𝗻 𝗽𝘂𝗲𝗯𝗹𝗼𝘀, 𝗽𝗮𝗿𝗾𝘂𝗲𝘀 𝗼 𝗲𝘀𝗾𝘂𝗲𝗺𝗮𝘀 𝗶𝗱𝗲𝗮𝗹𝗶𝘇𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗳𝗿𝗮𝗰𝗮𝘀𝗮𝗻 𝗲𝗻 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗿 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮, porque ignoran las condiciones 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗲𝘀 que la sostienen.
Para Jacobs, una ciudad funcional y segura depende de:
– 𝗗𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘀𝘂𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗽𝗼𝗯𝗹𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘆 𝗲𝗱𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗼𝘀 para generar movimiento constante.
– 𝗠𝗲𝘇𝗰𝗹𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝘀𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼, que diversifique los horarios y ritmos de las calles.
– 𝗖𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗽𝗲𝗿𝗺𝗲𝗮𝗯𝗹𝗲𝘀 𝘆 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀, con entradas frecuentes y contacto visual entre interior y exterior.
– 𝗗𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗲𝗰𝗼𝗻ó𝗺𝗶𝗰𝗮 𝘆 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹, que no puede ser planificada desde arriba.
Desde la perspectiva de la 𝗦𝗶𝗻𝘁𝗮𝘅𝗶𝘀 𝗘𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗮𝗹, esta visión empírica encuentra soporte cuantitativo.
El análisis del 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗻𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹 demuestra que las 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗺á𝘀 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗴𝗿𝗮𝗱𝗮𝘀 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗮𝘀 —𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮— 𝘀𝗼𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗶𝗲𝗻𝗲𝗻 𝗺𝗮𝘆𝗼𝗿 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗽𝗲𝗮𝘁𝗼𝗻𝗮𝗹, 𝗲𝗰𝗼𝗻ó𝗺𝗶𝗰𝗮 𝘆 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹.
En contraste, los 𝗺𝗼𝗱𝗲𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗯𝗮𝗷𝗮 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝘀𝗲𝗴𝗿𝗲𝗴𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝘆 𝗳𝗿𝗮𝗴𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗰𝗶ó𝗻 espacial generan:
– Menor vitalidad urbana
– Mayor dependencia del automóvil
– Aislamiento social y funcional
– Escasa adaptabilidad ante cambios socioeconómicos
Quizás sea momento de:
– Observar la ciudad tal como es
– Medir su funcionamiento con herramientas analíticas
– Diseñar a partir de su complejidad, y no contra ella.


