No podemos negar la realidad de que a día de hoy muchas personas prefieren vivir en barrios tranquilos, «verdes», con casas unifamiliares, calles amplias y baja densidad.
El modelo tipo 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗷𝗮𝗿𝗱í𝗻 𝘀𝗶𝗴𝘂𝗲 𝘃𝗶𝗴𝗲𝗻𝘁𝗲, más de un siglo después de que Ebenezer Howard lo propusiera.
Pero, ¿𝗱𝗲 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱 𝗲𝘀 𝗹𝗼 𝗶𝗱𝗲𝗮𝗹?
O más bien… ¿Es que la 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗿𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 que ofrece la ciudad actual es tan 𝗺𝗲𝗱𝗶𝗼𝗰𝗿𝗲 que entre lo malo, se elige lo “𝗺𝗲𝗻𝗼𝘀 𝗺𝗮𝗹𝗼”?
Las 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗲𝗺𝗽𝗼𝗿á𝗻𝗲𝗮𝘀 muchas veces ofrecen:
𝗖𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗶𝗻𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗮𝘀 𝗼 𝗶𝗻𝗰ó𝗺𝗼𝗱𝗮𝘀 para caminar.
Espacio público 𝗺𝗮𝗹𝘁𝗿𝗮𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝗱𝗶𝗺𝗲𝗻𝘀𝗶𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼, 𝘀𝗶𝗻 𝘂𝘀𝗼 𝗲 𝗶𝗻ú𝘁𝗶𝗹.
𝗙𝗮𝗹𝘁𝗮 de mezcla, de accesibilidad, de 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼.
𝗙𝗲𝗮𝗹𝗱𝗮𝗱, 𝗳𝗿𝗶𝘃𝗼𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱.
Ante eso, muchos eligen 𝗵𝘂𝗶𝗿: más espacio para los niños, más «verde». Aunque ese ‘𝘃𝗲𝗿𝗱𝗲’ sea 𝗺á𝘀 𝗺𝗮𝗿𝗸𝗲𝘁𝗶𝗻𝗴 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼𝗴í𝗮, aunque implique 𝗮𝗶𝘀𝗹𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝘆 𝗱𝗲𝗽𝗲𝗻𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗰𝗵𝗲.
Porque nos venden la “ciudad jardín” como símbolo de 𝗲𝘀𝘁𝗮𝘁𝘂𝘀, 𝗯𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝘆 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝗱𝗮, aunque no siempre sea sostenible.
Pero hay 𝗼𝘁𝗿𝗮 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱:
¿Y si hiciéramos ciudades 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗮𝘀 𝘆 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗱𝗮𝘀… y sobre todo 𝗱𝗶𝘀𝗲ñ𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗴𝘂𝗿𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀?
Hasta el punto de que, en la mente de los ciudadanos, fuera 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗮 𝗼𝗽𝗰𝗶ó𝗻 𝗮𝗹 𝗲𝗹𝗲𝗴𝗶𝗿 𝗱ó𝗻𝗱𝗲 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗿:
Con redes de calles legibles y caminables; Mezcla de usos que activen la vida cotidiana; Con espacio público de calidad; Con proximidad, interacción y vitalidad; Densidad con diseño relacional, que no sea hacinamiento; Uso mixto del suelo, que facilite la vida cotidiana sin coche; Con abundancia de viviendas amplias y asequibles.
Se trata de diseñar ciudades donde 𝗻𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗵𝘂𝗶𝗿 para tener calidad de vida.
𝗗𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗲𝗹 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗹𝘂𝗴𝗮𝗿 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗿 𝘀𝗲𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱-𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.
¿Preferimos la ciudad jardín porque es mejor… o porque 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗵𝗲𝗿𝗲𝗱𝗮𝗱𝗼 𝗻𝗼 𝗱𝗮 𝗹𝗮 𝘁𝗮𝗹𝗹𝗮?
𝗜𝗠𝗔𝗚𝗘𝗡: C1. 𝗖𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗝𝗮𝗿𝗱í𝗻, C2. 𝗖𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗖𝗼𝗻𝘁𝗲𝗺𝗽𝗼𝗿á𝗻𝗲𝗮, C2. 𝗖𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗖𝗼𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗮


