Cuando una ciudad tiene una estructura urbana inadecuada, los resultados son previsibles: comercio que no despega, zonas verdes vacías, calles sin vida.
No es cuestión de que “la gente ya no use la calle porque sea vaga y prefiera ir en coche”.
El problema está en el diseño urbano: diseñamos ciudades 𝘀𝗶𝗻 𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮𝗿 𝗲𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝗶𝗻𝗰𝗲𝗻𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮 𝘀𝘂 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮.
Calles aisladas, baja densidad y usos separados incentivan la segregación, languidecen los comercios y servicios y aumenta la dependencia del coche.
En cambio, cuando combinamos:
– 𝗥𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗮 𝘆 𝗹𝗲𝗴𝗶𝗯𝗹𝗲
– 𝗙𝗮𝗰𝗵𝗮𝗱𝗮𝘀 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀 𝘆 𝗮𝗹𝗶𝗻𝗲𝗮𝗱𝗮𝘀
– 𝗦𝘂𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗲𝗻𝗱𝗮𝘀
– 𝗨𝘀𝗼𝘀 𝗺𝗶𝘅𝘁𝗼𝘀
… 𝗲𝗹 𝗳𝗹𝘂𝗷𝗼 𝗽𝗲𝗮𝘁𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗰𝗿𝗲𝗰𝗲, 𝗹𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼𝘀 𝘀𝗲 𝘂𝘀𝗮𝗻, 𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗿𝗰𝗶𝗼 𝗽𝗿𝗼𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮 𝘆 𝗹𝗼𝘀 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗽ú𝗯𝗹𝗶𝗰𝗼𝘀 𝘀𝗲 𝗹𝗹𝗲𝗻𝗮𝗻 𝗱𝗲 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱.
Los recorridos son naturales, la interacción humana aumenta y la ciudad se vuelve más 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗮, 𝗮𝘁𝗿𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗮 𝘆 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗲𝗻𝗶𝗯𝗹𝗲.
La evidencia desde la analítica urbana lo confirman: 𝗹𝗮 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗶𝗻𝗰𝗲𝗻𝘁𝗶𝘃𝗮𝗿 —𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗶𝗻𝗰𝗲𝗻𝘁𝗶𝘃𝗮𝗿— 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲.
Y si no diseñamos con estos incentivos en mente, terminamos creando entornos que invitan a huir en lugar de quedarse.
El 𝗱𝗶𝘀𝗲ñ𝗼 𝗳í𝘀𝗶𝗰𝗼 𝘆 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗮𝗹 urbano no solo construye ciudades: construye 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀. Construye 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗲𝗱𝗮𝗱. Construye 𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼𝗺í𝗮.


