La ciudad nace tres veces

Primero en la 𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 del urbanista.
Luego en 𝗰𝗿𝗼𝗾𝘂𝗶𝘀 𝘆 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗼𝘀.
Y, por último, en la 𝗼𝗯𝗿𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮.

Todo gira en torno a algo previo y más profundo: 𝗹𝗮 «𝗶𝗱𝗲𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱» que tenemos.

Porque esa idea es la que 𝗺𝗼𝗹𝗱𝗲𝗮 después las 𝗻𝗼𝗿𝗺𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀, 𝗹𝗮𝘀 𝗶𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝘀, 𝗹𝗮 𝗳𝗶𝗻𝗮𝗻𝗰𝗶𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘆 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝗰𝗶ó𝗻.

El problema es que muchas veces no entendemos que la ciudad 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗿𝗲𝗱, no como una suma de piezas, y elegimos modelos que no responden a las necesidades de los humanos, en cuanto a todo lo que le podríamos 𝗲𝘅𝗶𝗴𝗶𝗿𝗹𝗲 𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱-𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.

Todavía arrastramos visiones y dogmas heredadas del pasado.

Y así, la tercera ciudad —𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮— 𝗻𝗮𝗰𝗲 𝗰𝗼𝗻 𝗱𝗲𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀 desde el origen.

La solución no empieza en el cemento ni en la ordenanza.

Empieza en la 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗮𝗰𝗶ó𝗻 sobre 𝗾𝘂é 𝗲𝘀 la ciudad y 𝗾𝘂é 𝘀𝗲 𝗹𝗲 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗲𝘅𝗶𝗴𝗶𝗿.

Una ciudad que responda a la 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹 de las personas:
con una red de calles conectada, densa, rica en usos, compleja en relaciones
y capaz de generar oportunidades.

Si 𝗰𝗮𝗺𝗯𝗶𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗹𝗮 𝗶𝗱𝗲𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱, 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗺á𝘀 —planos, normativas, inversiones— 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗿á 𝗲𝘀𝗲 𝗿𝘂𝗺𝗯𝗼.

Porque lo que discutimos aquí no son solo proyectos o técnicas urbanísticas.

Es algo más decisivo: 𝗾𝘂é “𝗶𝗱𝗲𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱” 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝗲𝗺𝗼𝘀 para que después exista.