Los urbanistas y arquitectos no ignoran la importancia de entender cómo funciona una ciudad. El problema es que durante décadas han seguido al pie de la letra las ideas de los grandes “gurús” del urbanismo moderno… 𝗶𝗻𝗰𝗹𝘂𝘀𝗼 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗱𝗲𝗰í𝗮 𝗼𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮.
¿𝗣𝗼𝗿 𝗾𝘂é 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘁𝗲𝗼𝗿í𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗯𝗹𝗲𝗰𝗶𝗱𝗮, 𝗶𝗻𝗰𝗹𝘂𝘀𝗼 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝗱𝗶𝗰𝗲?
En teoría las ciudades modernas debían funcionar mejor:
– Barrios “ordenados”
– Usos separados
– Calles amplias
– Zonas verdes “protectoras”
Pero lo que obtuvimos muchas veces fueron 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝘀𝗶𝗻 𝘃𝗶𝗱𝗮, 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗹𝗮𝘇𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝘆 𝗮𝗶𝘀𝗹𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼.
Con la 𝘁𝗲𝗰𝗻𝗼𝗹𝗼𝗴í𝗮 𝗮𝗻𝗮𝗹í𝘁𝗶𝗰𝗮 del s.XXI, podemos analizar 𝗰ó𝗺𝗼 𝘀𝗲 𝗺𝘂𝗲𝘃𝗲𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝘀, 𝗱ó𝗻𝗱𝗲 𝘀𝗲 𝗰𝗿𝘂𝘇𝗮𝗻, 𝗾𝘂é 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗻 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘆 𝗰𝘂á𝗹𝗲𝘀 𝗹𝗮 𝗮𝗵𝗼𝗴𝗮𝗻.
𝗗𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀 —una calle más conectada, un cruce mejor diseñado, un servicio bien ubicado— cambian radicalmente la 𝘃𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝘂𝗻 𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼.
Y mientras 𝗱𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗹𝗮 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗹𝗱𝗮 a los 𝗮𝘃𝗮𝗻𝗰𝗲𝘀 en la ciencia del urbanismo y el arte del diseño urbano, 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗶𝗱𝗲𝗮𝘀 𝘂𝘁ó𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝗰𝗼𝗻 𝗺𝗼𝗱𝗲𝗹𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗶𝗴𝗻𝗼𝗿𝗮𝗻 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱:
– Howard y su Ciudad Jardín
– Le Corbusier y sus torres en el parque
– El zonning rígido del urbanismo ortodoxo
Cuando la realidad contradice esas ideas, en vez de corregir el plan… 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱.
Desde 𝗨𝗿𝗯𝗮𝗻𝗶𝘀𝗶𝗺 proponemos lo contrario:
– Observar cómo la 𝗿𝗲𝗱 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗼 𝗱𝗶𝘀𝗽𝗲𝗿𝘀𝗮 𝗲𝗹 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼
– Diseñar para 𝗽𝗼𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝗿 𝗲𝘀𝗮 𝘃𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱, no para suprimirla
– Integrar parques y plazas, servicios, comercio, cultura, trabajo y vivienda en un 𝘁𝗲𝗷𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗼, 𝗿𝗶𝗰𝗼 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼.
𝗣𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗿 𝘆 𝗿𝗲𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗿 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗲𝘃𝗶𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮, 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗼𝗹.
Si empezamos a mirar 𝗰ó𝗺𝗼 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 antes de decidir 𝗰ó𝗺𝗼 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿í𝗮 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗿, empezaremos a liberarla para que haga lo que mejor sabe: 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝘃𝗶𝘃𝗮.


