Suena lógico a primera vista: menos ocupación, aparentemente menos presión sobre el entorno…
Pero la evidencia dice otra cosa.
Reducir la densidad suele generar 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗶𝘀𝗽𝗲𝗿𝘀𝗮𝘀:
– Más dependencia del coche.
– Más kilómetros de redes e infraestructuras.
– Más suelo natural y agrícola consumido e infrautilizado.
¿Por qué entonces 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲 la idea de que 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 = 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮?
Porque hay 𝗺𝗶𝗲𝗱𝗼𝘀 muy arraigados:
– 𝗛𝗮𝗰𝗶𝗻𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼. Se confunde densidad urbana con demasiados habitantes en la misma vivienda. No es lo mismo habitantes por metro cuadrado que viviendas por metro cuadrado.
El hacinamiento se da cuando muchas personas comparten una vivienda pequeña.
La solución está en diseñar 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗲𝗻𝗱𝗮𝘀 𝗺á𝘀 𝗮𝗺𝗽𝗹𝗶𝗮𝘀 𝘆 𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗮𝘀, que permitan densidad sin pérdida de calidad de vida.
– 𝗣é𝗿𝗱𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗰𝗼𝗻 𝗹𝗮 𝗻𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹𝗲𝘇𝗮. Se piensa que solo en baja densidad se asegura “verde”. Pero una ciudad compacta puede ofrecer parques bien conectados, accesibles a pie, donde además haya más niños con los que jugar y socializar.
– 𝗜𝗻𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱. Se podría creer que si te encuentras con mucha gente en la calle podría ser peligroso. En realidad, con fachadas activas y calles constituyentes, la densidad aporta más ojos en la calle, más seguridad natural.
– 𝗣é𝗿𝗱𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗶𝗻𝘁𝗶𝗺𝗶𝗱𝗮𝗱. La proximidad física se percibe como invasiva. Pero con tipologías bien diseñadas (patios, balcones, orientaciones), la privacidad es perfectamente compatible con la densidad.
– 𝗙𝗲𝗮𝗹𝗱𝗮𝗱 𝘆 𝗺𝗼𝗻𝗼𝘁𝗼𝗻í𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗰𝗵𝗮𝗱𝗮𝘀. Fachadas planas, materiales pobres, repetición rutinaria de elementos abstractos. El problema es la mala arquitectura y el bajo estándar de diseño, no la densidad urbana.
– 𝗧𝗿á𝗳𝗶𝗰𝗼 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗴𝗲𝘀𝘁𝗶ó𝗻. Se asume que más densidad = más coches. Pero ocurre lo contrario: cuando la ciudad está bien conectada, la densidad favorece la movilidad activa y reduce la necesidad del automóvil.
– 𝗘𝘀𝘁𝗶𝗹𝗼 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝘀𝘂𝗯𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼. Se sigue idealizando la baja densidad como “calidad de vida”. Pero la realidad es que eso implica horas y dinero perdidos cada día en trayectos en vehículos. Una falsa tranquilidad que se convierte en dependencia y estrés.
En definitiva, la sostenibilidad 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮 𝗵𝘂𝘆𝗲𝗻𝗱𝗼 de la ciudad, sino entendiendo 𝗰ó𝗺𝗼 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 de verdad; 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝘆𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱-𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.


