𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘲𝘶𝘦𝘴 𝘯𝘰 𝘢𝘵𝘳𝘢𝘦𝘯 𝘷𝘪𝘥𝘢… 𝘴𝘪𝘯𝘰 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰.
Todos queremos ciudades más habitables, con más lugares donde detenernos, juntarnos y recrearnos.
Pero hay algo que rara vez se dice:
no todos los espacios abiertos 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗻 como lugares urbanos.
Durante años, se pensó que 𝗰𝘂𝗮𝗻𝘁𝗼 𝗺á𝘀 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 𝗹𝗶𝗯𝗿𝗲, 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿.
Que separando, retranqueando o ampliando distancias, la ciudad respiraría.
El problema es que el resultado, en muchos casos, fue:
– más metros vacíos, residuales.
– menos vida, bajo movimiento natural.
Lo que se creó no fueron parques ni plazas:
fueron 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗼𝘀 𝘀𝗶𝗻 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗱𝗼.
Espacios que no conectan nada con nada.
𝗨𝗻 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 𝗮𝗯𝗶𝗲𝗿𝘁𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁á 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼.
– Si interrumpe la continuidad peatonal → aísla.
– Si sus bordes no dialogan con la calle → se vacía.
– Si no tiene actividad alrededor → se degrada.
– Si no canaliza movimiento natural → se vuelve inseguro.
El problema no es la falta de espacio.
Es la falta de 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮.
Un parque sin accesos, sin recorridos, sin borde activo, sin gente, sin niños… es muy triste de ver.
Los espacios urbanos que funcionan tienen en común:
– Están bien conectados con la red de calles del barrio o ciudad; con calles que los atraviesan, no los rodean.
– Jerarquía clara dentro de la red peatonal.
– Fachadas que miran al espacio urbano.
– Usos mixtos alrededor.
– Visibilidad, continuidad, seguridad natural.
Porque no es el espacio libre el que da vida,
sino 𝗰ó𝗺𝗼 𝘀𝗲 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗴𝗿𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.
El error del urbanismo “decorativo” es llenar planos con zonas abiertas sin pensar en la estructura peatonal,
es 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝗻𝗱𝗶𝗿 𝗽𝗮𝗶𝘀𝗮𝗷𝗲 con 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱.
No se trata de más o menos espacio.
Se trata de espacio 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗼𝗿𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼 𝘆 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗮𝗱𝗼.
Un buen parque o una buena plaza
no se mide por su tamaño,
sino por su 𝗰𝗮𝗽𝗮𝗰𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗿 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝘆 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼.


