Nos encanta hablar de “espacios verdes”, “zonas tranquilas” o “calles peatonales”, 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗳𝘂𝗲𝗿𝗮𝗻 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗰𝗲𝘁𝗮 𝗱𝗲𝗳𝗶𝗻𝗶𝘁𝗶𝘃𝗮 para una buena ciudad.
Pero hay algo que casi nunca nombramos… y que marca la diferencia entre un barrio lleno de vida y uno vacío.
Muchos proyectos urbanos 𝗳𝗮𝗹𝗹𝗮𝗻 porque solo añaden 𝘂𝗻 𝘂𝘀𝗼 𝗱𝗼𝗺𝗶𝗻𝗮𝗻𝘁𝗲 (por ejemplo, vivienda) y esperan que la vitalidad aparezca 𝗽𝗼𝗿 𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗺𝗮𝗴𝗶𝗮.
El problema es pensar que 𝘂𝗻 𝘂𝘀𝗼 ú𝗻𝗶𝗰𝗼 es 𝘀𝘂𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 para sostener la vida urbana.
Un barrio solo residencial puede ser muy bonito… pero a las 10 de la mañana está muerto.
Sin mezcla ni interacción, el resultado es previsible: 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝘀𝗶𝗻 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝗹𝗼𝗰𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗰𝗲𝗿𝗿𝗮𝗱𝗼𝘀 𝘆 𝘃𝗲𝗰𝗶𝗻𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗻.
Tenemos que asegurar que haya 𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗿𝗲𝗮𝗹: comercios, vivienda, oficinas, cultura, ocio… todo en proximidad y conexión.
No es un capricho urbano: es 𝗶𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 y 𝗲𝗰𝗼𝗻ó𝗺𝗶𝗰𝗮.
Las calles urbanas malogradas 𝗳𝗿𝗮𝗰𝗮𝘀𝗮𝗻 porque 𝗰𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲𝗻 de ese 𝗶𝗻𝘁𝗿𝗶𝗻𝗰𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗽𝗼𝘆𝗼 𝗺𝘂𝘁𝘂𝗼 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝘂𝘀𝗼𝘀.
Y aquí está la paradoja: cuando la ciudad real funciona por sí sola, 𝗲𝗺𝗲𝗿𝗴𝗲 un 𝗱𝗶𝗻𝗮𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 fantástico… pero seguimos diseñando como si hubiera que simplificarla, ordenarla o “limpiarla” de su complejidad.
Nuestra 𝗽𝗿𝗶𝗼𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱, creemos, debería ser la de convertir el urbanismo —tanto la ciencia como el arte— en la 𝗰𝗮𝗽𝗮𝗰𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 y 𝗱𝗲𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮 de 𝗰𝗮𝘁𝗮𝗹𝗶𝘇𝗮𝗿 y 𝗻𝘂𝘁𝗿𝗶𝗿 esa 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀
La ciudad 𝗻𝗼 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮 que la 𝘀𝗮𝗹𝘃𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝘀í 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗮.
Necesita que sepamos 𝗽𝗿𝗼𝘃𝗼𝗰𝗮𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗰𝗼𝗻𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 para que 𝗳𝗹𝗼𝗿𝗲𝘇𝗰𝗮.
Y eso solo ocurre cuando entendemos que la 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮 es un 𝘁𝗲𝗷𝗶𝗱𝗼 𝗶𝗻𝘁𝗿𝗶𝗻𝗰𝗮𝗱𝗼… y que nuestra labor es saber cómo 𝗺𝗮𝗻𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘃𝗶𝘃𝗼.


