Siguiendo el hilo del último post y añadiendo el tema de la 𝗲𝘀𝗰𝗮𝘀𝗲𝘇 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝘃𝗶𝗲𝗻𝗱𝗮, creo firmemente que 𝘀í necesitamos 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝘆𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.
Para que todas las personas puedan vivir con 𝗱𝗶𝗴𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘆 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱, bien conectadas y con servicios a pie de calle.
Y no solo es legítimo:
Es la 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶ó𝗻 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 que 𝗰𝘂𝗺𝗽𝗹𝗶𝗺𝗼𝘀 arquitectos, urbanistas, constructores, ingenieros, técnicos, gremios y obreros.
Es nuestra manera de crear 𝗮𝗯𝘂𝗻𝗱𝗮𝗻𝗰𝗶𝗮, 𝗿𝗶𝗾𝘂𝗲𝘇𝗮 𝘆 𝗰𝗼𝗵𝗲𝘀𝗶ó𝗻.
Pero eso implica 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 del proceso, 𝗲𝘃𝗶𝘁𝗮𝗿 𝗹𝗼𝘀 𝗲𝗿𝗿𝗼𝗿𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗽𝗮𝘀𝗮𝗱𝗼, 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝗻𝗼𝘀 𝗮𝗰𝘁𝘂𝗮𝗿 y no construir metros cuadrados 𝘀𝗶𝗻 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.
A veces, eso significa “𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗿 𝗵𝗮𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼”:
– Regenerar barrios, reconectar calles, activar espacios públicos mal aprovechados, aumentar alturas y densidades donde sea adecuado.
Otras veces, se trata de 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗿𝗿𝗼𝗹𝗹𝗮𝗿 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗼 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼, donde el riesgo está en segregar la red o no crear nuevos centros atractivos.
Pero en todos los casos, si queremos hacer verdadera ciudad y no solo sumar volúmenes, hay algo que no podemos perder de vista:
𝗟𝗮 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼 —𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀— 𝘀𝗲 𝗼𝗿𝗴𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮, 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮 𝘆 𝘀𝗲 𝘃𝗶𝘃𝗲.
Hoy contamos con teorías espaciales y analíticas propias del urbanismo, basadas en la teoría de grafos y capaces de explicar el fenómeno urbano de hoy y de siempre.
Teorías que no se limitan a estilos o normativas generales, sino que 𝗲𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
Diseñar ciudad no es solo colocar edificios.
Es 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗿 𝗿𝗲𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮𝘀: visibilidad, accesibilidad, mezcla de usos, vitalidad.
Y para eso, necesitamos diseñar desde el 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼, no solo desde la forma construida.
Porque a la vez que es cierto que toda construcción delimita el espacio urbano, es en la 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗴𝘂𝗿𝗮𝗰𝗶ó𝗻 donde ocurre la 𝘃𝗶𝗱𝗮 en la ciudad.
Diseñemos desde la estructura urbana, desde la 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲 𝘃𝗶𝘃𝗮.
No desde la anécdota arquitectónica.


