Hay una idea que se repite una y otra vez en el urbanismo contemporáneo:
“𝗦𝗶 𝗽𝗼𝗻𝗲𝗺𝗼𝘀 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗲, 𝘆𝗮 𝘀𝗲𝗿á 𝘂𝗻𝗮 𝗯𝘂𝗲𝗻𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.”
Y es 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿𝗮 𝗺𝘂𝘆 𝗰ó𝗺𝗼𝗱𝗮.
Porque suena bien y nos hace sentir mejor.
Porque no genera conflicto.
Porque queda preciosa en renders.
Porque nadie puede estar “en contra” de árboles y parques.
Pero aquí va lo incómodo:
𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗻𝗼 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗲.
𝗙𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝘆 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗽ú𝗯𝗹𝗶𝗰𝗼𝘀.
La ciudad no se sostiene con paisajismo.
Se sostiene con 𝗿𝗲𝗱 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮.
Con calles conectadas.
Con continuidad peatonal.
Con fachadas activas.
Con mezcla de usos.
Con densidad bien anclada en la red.
Si eso no existe, lo que estás creando no es “ciudad sostenible”.
Estás creando:
· parques vacíos
· zonas verdes que no conectan nada con nada
· grandes espacios abiertos sin bordes urbanos e inseguros
· recorridos sin flujo
· y barrios donde el coche es obligatorio para vivir
Mucho verde…
pero 𝗽𝗼𝗰𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮.
Porque el problema no es la falta de naturaleza.
El problema es la 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱-𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.
La naturaleza es valiosa.
Pero 𝗻𝗼 𝘀𝘂𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝘆𝗲 𝗹𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮.
Y la estructura urbana se juega en lo básico:
en si la calle invita o expulsa,
en si conecta o fragmenta,
en si genera movimiento natural o fricción.
𝗦𝗶𝗻 𝗿𝗲𝗱, 𝗲𝗹 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗲 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗲𝗿𝘁𝗲 𝗲𝗻 𝗱𝗲𝗰𝗼𝗿𝗮𝗱𝗼.
𝗦𝗶𝗻 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮, 𝗹𝗮 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗲𝗻𝗶𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗲𝘀 𝗺𝗮𝗿𝗸𝗲𝘁𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗶𝗻 𝗮𝗹𝗺𝗮.
Si de verdad queremos ciudades habitables, saludables y vivas…
el primer paso no es añadir verde.
𝗘𝘀 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗿 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿.


