¿La realidad ha mejorado el proyecto inicial?
Veamos qué dicen los datos:
𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗼𝘆𝗲𝗰𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝗖𝗲𝗿𝗱à (𝟭𝟴𝟱𝟵)
– 3 plantas de altura.
– 50% de ocupación por parcela.
– Edificabilidad: 1,0 – 1,2 m²t/m²s.
– Densidad: 250–300 hab/ha.
Un modelo higienista, de baja densidad, con jardines interiores.
Una ciudad pensada para el aire y la salud, 𝗻𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱.
𝗟𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗮𝗰𝘁𝘂𝗮𝗹 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮 (𝗳𝗶𝗻𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗫𝗜𝗫–𝗫𝗫)
– 5–7 plantas de altura.
– 70–90% de ocupación.
– Edificabilidad: 2,5 – 3,5 m²t/m²s.
– Densidad: 600–900 hab/ha.
La presión inmobiliaria y social 𝗺𝘂𝗹𝘁𝗶𝗽𝗹𝗶𝗰ó 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱.
Se perdió gran parte del jardín interior… pero 𝘀𝗲 𝗴𝗮𝗻ó 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗶𝗻𝘂𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗳𝗮𝗰𝗵𝗮𝗱𝗮, 𝗺𝗲𝘇𝗰𝗹𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝘀𝗼𝘀 𝘆 𝘂𝗻𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝘃𝗶𝗯𝗿𝗮𝗻𝘁𝗲.
Resultado contra-intuitivo en un inicio, pero que hace 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱-𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗯𝘂𝗲𝗻𝗮: uno de los 𝘁𝗲𝗷𝗶𝗱𝗼𝘀 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼𝘀 más 𝗰𝗮𝗺𝗶𝗻𝗮𝗯𝗹𝗲𝘀 𝘆 𝘃𝗶𝘁𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗘𝘂𝗿𝗼𝗽𝗮.
El Eixample no triunfa por cumplir con la idea original de Cerdà,
sino porque la 𝘁𝗿𝗮𝗺𝗮 𝗿𝗲𝘁𝗶𝗰𝘂𝗹𝗮𝗿 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗮 permitió 𝗮𝗯𝘀𝗼𝗿𝗯𝗲𝗿 𝗺á𝘀 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘀𝗶𝗻 𝗽𝗲𝗿𝗱𝗲𝗿 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮, incluso, 𝗶𝗻𝗰𝗿𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁á𝗻𝗱𝗼𝗹𝗮.
No se trata solo de fijar alturas, ocupaciones o porcentajes de verde.
Lo 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝘃𝗼 es la 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮, junto una 𝗲𝗱𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮-𝗮𝗹𝘁𝗮.
Si la 𝗿𝗲𝗱 𝗲𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮, 𝗹𝗲𝗴𝗶𝗯𝗹𝗲 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗮, como la malla reticular del Eixample, 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝗺á𝘀 𝗱𝗲𝗻𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝗺á𝘀 𝘂𝘀𝗼𝘀 𝘆 𝗺á𝘀 𝘃𝗶𝗱𝗮.
El Eixample demuestra que cuando la red está bien diseñada,
la ciudad 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗰𝗲𝗿 por encima de lo previsto…
y 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗿 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗻𝗱𝗼 como una de las mejores piezas urbanas del mundo.


