¿Y si las ciudades nacieron y funcionan gracias al movimiento humano?

Las calles, las plazas y los cruces no fueron diseñados en un plano.

Surgieron de 𝗽𝗮𝘁𝗿𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝘁á𝗻𝗲𝗼: de los desplazamientos tribales, del comercio, de la defensa, de la necesidad de encontrarse.

Queriendo aprovechar este flujo, se levantaron los primeros edificios en los bordes, 𝗰𝗿𝗲𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲. La 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮 siguió a la 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶ó𝗻 (el movimiento).

𝗟𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗶𝗻𝗶𝗰𝗶𝗮𝗹 de la ciudad fue producto del 𝗳𝗹𝘂𝗷𝗼 𝗻𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹 de las personas.

Pero, una vez que la red quedó trazada, el proceso se 𝗶𝗻𝘃𝗶𝗿𝘁𝗶ó:
La 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶ó𝗻 empezó a seguir a la 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮.

Según el entorno, las personas“𝗻𝗮𝘃𝗲𝗴𝗮𝗻” 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱 persiguiendo sus objetivos.

Nuestro cerebro 𝗹𝗲𝗲 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 con 𝘃𝗶𝘀𝗶ó𝗻 𝗲𝗻 𝗹í𝗻𝗲𝗮 𝗿𝗲𝗰𝘁𝗮 y el 𝗺𝗲𝗻𝗼𝗿 𝗻ú𝗺𝗲𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝗴𝗶𝗿𝗼𝘀 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲𝘀. Así, algunas calles concentran más movimiento que otras.

– Las calles más integradas sostuvieron más comercio, intercambio y actividad económica.
– La configuración 𝗵𝗲𝗿𝗲𝗱𝗮𝗱𝗮 empezó a 𝗰𝗼𝗻𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗿 las funciones posibles.
– Cuando la ciudad crecía, 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗴𝗿𝗮𝗯𝗮 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗮𝘀 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗮 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗲𝘅𝗶𝘀𝘁𝗲𝗻𝘁𝗲, y esa red 𝘃𝗼𝗹𝘃í𝗮 𝗮 𝗹𝗲𝗲𝗿𝘀𝗲 como un 𝘁𝗼𝗱𝗼.

Este 𝗱𝗼𝗯𝗹𝗲 𝗰𝗶𝗰𝗹𝗼 es lo que 𝗵𝗮𝗰𝗲 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.

Porque la ciudad 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝘀𝘁á𝘁𝗶𝗰𝗮: es función convertida en forma… y forma que guía la función.

Esta hipótesis fue desarrollada por Bill Hillier y su equipo en lo que llamaron 𝘕𝘢𝘵𝘶𝘳𝘢𝘭 𝘔𝘰𝘷𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵 (Hillier et al., 1993): el movimiento peatonal no depende solo de los destinos, sino de la configuración espacial de la red.

Ya en 𝘛𝘩𝘦 𝘚𝘰𝘤𝘪𝘢𝘭 𝘓𝘰𝘨𝘪𝘤 𝘰𝘧 𝘚𝘱𝘢𝘤𝘦 (Hillier & Hanson, 1984) se mostraba que el espacio es, en esencia, sintáctico, y en 𝘚𝘱𝘢𝘤𝘦 𝘪𝘴 𝘵𝘩𝘦 𝘔𝘢𝘤𝘩𝘪𝘯𝘦 (Hillier, 1996) se define su carácter configuracional y explica cómo este ciclo entre forma y movimiento sostiene la vida urbana.

¿Estamos 𝗽𝗿𝗲𝗽𝗮𝗿𝗮𝗱𝗼𝘀 para 𝗲𝗻𝘁𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 la ciudad no como suma de piezas, sino como 𝗿𝗲𝗱 𝘃𝗶𝘃𝗮 que 𝗻𝗮𝗰𝗲 del movimiento y lo 𝗰𝗼𝗻𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮 al 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 𝘁𝗶𝗲𝗺𝗽𝗼?