¿Y ahora qué hacemos con los espacios residuales del Movimiento Moderno (Le Corbusier)?

Todos hemos visto esos “vacíos” entre bloques de viviendas del siglo XX.

Ni parque, ni calle. Lugares sin vida, sin gente, sin sentido.

Eso no es casualidad: es el 𝗹𝗲𝗴𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗠𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗠𝗼𝗱𝗲𝗿𝗻𝗼 y las 𝘁𝗼𝗿𝗿𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗽𝗮𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗱𝗲 𝗟𝗲 𝗖𝗼𝗿𝗯𝘂𝘀𝗶𝗲𝗿.

Se creyó que eliminando la calle tradicional y sustituyéndola por espacios abiertos, la ciudad sería más sana y de mayor calidad.

Pero en la práctica, al desaparecer la 𝗿𝗲𝗱 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗶𝗱𝗮𝘀, 𝘀𝗲 𝗿𝗼𝗺𝗽𝗶ó 𝗲𝗹 𝗳𝗹𝘂𝗷𝗼 𝗻𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹 𝗱𝗲 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝘀.

El resultado: espacios residuales, difíciles de controlar, inseguros, sin vitalidad.

Y ojo: una gran parte de nuestras ciudades aún arrastra esta herencia del siglo pasado.

𝗟𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗳𝗮𝗹𝗹ó:
No fue la altura ni la densidad.
Fue la 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗼𝗻𝗲𝘅𝗶ó𝗻 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗴𝘂𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 de la trama urbana:
– 𝗦𝗶𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗹𝗲𝗴𝗶𝗯𝗹𝗲𝘀, la gente no pasa.
– 𝗦𝗶𝗻 𝗳𝗮𝗰𝗵𝗮𝗱𝗮𝘀 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀, no hay interacción.
– 𝗦𝗶𝗻 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗻𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹, no hay seguridad ni economía local.

La consecuencia: 𝘀𝗲𝗴𝗿𝗲𝗴𝗮𝗰𝗶ó𝗻, 𝗶𝗻𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘆 𝗱𝗲𝗽𝗲𝗻𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗰𝗵𝗲.

𝗟𝗮 𝗰𝗹𝗮𝘃𝗲 𝗵𝗼𝘆:
– Reinsertar estos espacios en la red urbana de calles.
– «𝗠𝗮𝗻𝘇𝗮𝗻𝗶𝘇𝗮𝗿» 𝗹𝗮𝘀 𝘁𝗼𝗿𝗿𝗲𝘀, creando nuevas calles a su alrededor.
– 𝗨𝘀𝗼𝘀 𝗺𝗶𝘅𝘁𝗼𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗹𝗮𝗻𝘁𝗮 𝗯𝗮𝗷𝗮 para activar la vida cotidiana.
– Convertir el “residual” en 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼 𝗽ú𝗯𝗹𝗶𝗰𝗼 𝗹𝗲𝗴𝗶𝗯𝗹𝗲, 𝗮𝗰𝘁𝗶𝘃𝗼 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝗲𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼.
– Asegurar con datos que las nuevas conexiones 𝗰𝗮𝗻𝗮𝗹𝗶𝗰𝗲𝗻 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗮𝘁𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗮𝗹 (no solo en el plano, también en la vida).

Los espacios residuales del Movimiento Moderno no fracasaron por falta de verde o exceso de altura.
Fracasaron porque 𝗿𝗼𝗺𝗽𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗼𝘀𝘁𝗶𝗲𝗻𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮: 𝗹𝗮𝘀 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗶𝗱𝗮𝘀.

La solución hoy pasa por devolvernos lo que nunca debimos perder: 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝘆 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗲𝗻 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱.