Quizás dejamos de pensar en la ciudad como un plano estático y empezamos a verla como un modelo vivo, con información en cada esquina: fases de obra, costes de urbanización, materiales, sostenibilidad y mantenimiento.
¿Y si a este binomio le 𝘀𝘂𝗺𝗮𝗺𝗼𝘀 el 𝗠𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗡𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹?
De repente, no solo gestionamos la información de la ciudad, también 𝗮𝗻𝘁𝗶𝗰𝗶𝗽𝗮𝗺𝗼𝘀 𝘀𝘂 𝘃𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱: cómo las calles atraerán a la gente, cómo se redistribuirá el movimiento, cómo pequeñas intervenciones podrían transformar el pulso de un barrio entero.
En este escenario:
– 𝗕𝗜𝗠 aporta el 𝗿𝗶𝗴𝗼𝗿: datos, procesos y coordinación.
– El 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼 aporta la 𝘃𝗶𝘀𝗶ó𝗻: la ciudad como proyecto colectivo.
– El 𝗠𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗡𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹 aporta la 𝗲𝘃𝗶𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: cómo la forma urbana genera 𝘃𝗶𝗱𝗮 y 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼.
¿Qué pasa entonces?
Que un 𝗴𝗲𝗺𝗲𝗹𝗼 𝗱𝗶𝗴𝗶𝘁𝗮𝗹 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻 𝗺𝗼𝗱𝗲𝗹𝗼 𝗲𝗻 𝟯𝗗 y se convierte en una 𝗵𝗲𝗿𝗿𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮 para diagnosticar el estado actual y simular futuros posibles: analizar y prever desplazamientos, medir costes, anticipar impactos sociales y económicos.
Tal vez sea un experimento,
o tal vez sea la forma de construir 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝗺á𝘀 𝘃𝗶𝘃𝗮𝘀, 𝗲𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀 𝘆 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗮𝘀.


